viernes, 7 de marzo de 2014


¿Sabes esa sensación cuando notas que algo se está acabando? Por ejemplo, dentro de un mes y poco más empezare mi último curso en el colegio. No estoy segura de si debería alegrarme o no. Seguramente echaré de menos a todos los curas andando por los pasillos y a todos lo que dejaron de hacerlo hace mucho tiempo. También echare de menos la vergüenza que me daba levantar la mano en clase y salir al encerado a exponer. Echaré de menos llevarme mal con la gente que lo hacía sin motivo, y echare de menos los motivos que daban todos aquellos a los que ahora mismo considero parte de mi familia, a todos los amigos que saqué de allí.
Supongo que manchar las últimas hojas de las libretas de garabatos y mover la pierna de arriba abajo mientras estoy sentada y me explican la lección será otra de las cosas a las que me cueste desacostumbrarme. Perderé práctica en poner cara de que estoy pensando cuando me mira un profesor en el examen y en parecer lo más buena posible cuando me lo cruzo por la calle.
Pero por encima de todas estas cosas echaré de menos el colegio. El colegio en sí. Con sus verdes paredes, sus patios de grava, el patio verde, el polideportivo, los laboratorios, los pasillos de los mayores y los pasillos de los pequeños, que por raro que se le haga pensar a cualquiera que lo vea desde fuera, yo he estado en todos y cada uno de los pasillos de éste enorme colegio. Aprendiendo, hablando, me han castigado, me he reído, he crecido y me he hecho persona ahí dentro, con un puñado de personas que seguramente no olvidaré nunca.
Pero lo que de verdad recordaré el resto de mis días, es que las cosas más importantes que he aprendido en el colegio nos las hemos enseñado unos a otros sin tener ni idea de nada y que lo más útil para seguir adelante, con ellos o sola, es algo que nunca jamás podría haber encontrado en esos libros que de igual manera, nos han acompañado durante los últimos 15 años de nuestras vidas.

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